© May Zircus
Un regreso magnético
Barcelona. 07/11/25. L’Auditori. Obras de Miquel Oliu, Wieniawski, Franz Waxman, Albéniz, y Ravel. Bomsori, violín. Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Ludovic Morlot, dirección.
La violinista Bomsori Kim ha sido la estrella invitada que ha acaparado la cartelera de este segundo programa violinístico de la temporada –tercero, si contamos el protagonizado por el violista Lawrence Power hace pocas semanas–, y abandera la pequeña gira europea que lleva la OBC próximamente por Alemania, con paradas en Stuttgart y Düsseldorf, mientras que la soprano Núria Rial alterna la programación en Hamburgo con canciones de Mompou y Gerhard.
En un momento en que Occidente sucumbe al magnetismo del K-pop y Corea del Sur goza de cierta popularidad a raíz de la exitosa producción de Netflix, Bomsori es una de las caras más visibles del talento del mundo de la clásica en su país, cuna de destacados intérpretes (sobre todo violinistas), un mundo en el que los artistas asiáticos siguen pisando más fuerte que nunca. Tres años después de la última visita de Bomsori a L’Auditori, la violinista surcoreana ha consolidado su posición como una de las intérpretes más brillantes de su país, confirmando lo que auguraban ya los primeros galardones que reposan en su vitrina. Fichada por la Deutsche Grammophon en 2021, la artista ha ganado terreno en el streaming con un repertorio variado, aunque ciertamente vinculado a la música polaca, en el que encontramos dos de las obras del programa del viernes (tres, contando el bis): Concierto para violín nº 2 en re menor, op. 22 de Wieniawski, y la Fantasía Carmen para violín y orquesta de Franz Waxman.
Aunque el concierto de Wieniawski no es una de las obras, digamos, ‘canonizadas’ del gran repertorio violínistico, es un acierto que Bomsori haya puesto el foco en un compositor a menudo opacado por su compatriota Chopin – de hecho, podría considerarse un equivalente violinístico al Primero de Chopin–, y ofrecer cierta variedad en las grandes salas, cuyos programas frecuentemente son acaparados por obras de compositores de talla incuestionable (Beethoven, Sibelius, etc.), pero, al fin y al cabo, rutinarios. En cualquier caso, su interpretación del concierto de Wieniawski no defraudó y dejó claro por qué la coreana es una de las mayores especialistas en esta obra.
La calidad de su Guadagnini de 1774 se hizo notar desde las primeras andadas sobre su segunda cuerda, con seguridad y gran elegancia de fraseo, especialmente en las arcadas con semicorcheas. Destacó su control en los glissandi cromáticos y su imponente dominio sobre las doblas cuerdas. Rebosó lirismo en la Romanza y deslumbró con virtuosismo en el Allegro con fuoco, donde la violinista extrajo todo el potencial de su instrumento en una evocación zíngara de impecable articulación détaché.
Prosiguió con la deslumbrante Fantasía Carmen, que entre cita y cita musical arrancó más de una sonrisa de un público totalmente entregado a la solista vestida de azul radiante. Bomsori surcó con gracia la habanera y desplegó un virtuosismo incontestable, nuevamente diestra y pulcra en las dobles cuerdas. Ludovic Morlot la siguió con atención, gestionando con acierto los tempi de una obra mucho más exigente de lo que su superficialidad aparente podría hacer pensar. La visita culminó con la interpretación del Polish Caprice de la compositora polaca Grażyna Bacewicz (1909–1969), una figura progresivamente reconocida y de la cual, Bomsori se ha convertido en su principal difusora.
Antes de Bomsori, la orquesta catalana dio vida al estreno de Pluja –Lluvia–, del compositor Miquel Oliu: una interesante propuesta evocadora y descriptiva, fiel a sus propias reglas y materiales e innegablemente orgánica. Su obra de once minutos transcurrió entre efectos y recursos sonoros idiomáticos, articulados con coherencia y refinamiento tímbrico, nada impostados y bien integrados en el discurso musical. Desde el goteo de placas, arpa y cuerdas en pizzicato, hasta pasajes más abstractos nutridos de clústeres suaves, Oliu diseña una atmósfera húmeda y contemplativa que fue bien acogida por el público.
Aunque se agradece siempre el gesto de recordar a una de las grandes figuras históricas de la música española, la interpretación de la suite orquestal de The Magic Opal de Albéniz fue irremediablemente tibia, no tanto por la orquesta, sino por la propuesta en sí. Mucho más estimulante resultó la Rapsodia Española del maestro de la orquestación, Maurice Ravel, con una OBC bien atenta al metrónomo de Morlot y muy capaz de recrear con acierto las texturas y detalles de la partitura.
No suele caer la OBC en lo facilón, y aunque el bis bizetiano entraba dentro de muchos pronósticos, alguien debió pensar: “¿y por qué no?” Con toda su pompa y entusiasmo, el detalle divirtió visiblemente al público y puso el punto y aparte a un programa de sabor hispánico, con la batuta ya apuntando hacia Alemania.
Fotos: © May Zircus