© Rafa Martín
El valor de la medida
Madrid. 27/03/2025. Auditorio Nacional. Bruckner, Novena sinfonía. Orquesta musicAeterna. Teodor Currentzis, dirección musical.
Despertando una gran expectación, el maestro Teodor Currentzis está estos días de gira por España con un programa doble articulado alrededor de la muerte —la despedida, con la Novena de Bruckner— y de la resurrección, con la Segunda de Mahler.
En su primera actuación en Madrid, como relató Alejandro Martínez en esta misma publicación, Currentzis dio muestra de esa innegable habilidad técnica, pero también de una evidente falta de contención, una búsqueda constante del espectáculo y de lo extremo que terminó hiriendo el alma de la interpretación.
Con Bruckner ocurrió más de lo mismo. Parece que el director ha optado por continuar por esa línea que tiende a la amplificación en su mirada del repertorio postromántico. Sin embargo, en este caso, la propia obra funcionó como un factor limitante a los excesos de la dirección, resultando en un trabajo más convincente.
En el primer movimiento, la orquesta exhibió esa transparencia que la caracteriza, incluso en los momentos a plena potencia, con una atención minuciosa a la exhibición de colores y al despliegue armónico. No tanto así a la melodía, desatendida, con un fraseo en el que se echó de menos lirismo, misterio y ese carácter sacro que construye los fundamentos de la obra.
Esa búsqueda de lo extremo se aceleró en el trío, esa danza frenética que, en manos del director greco-ruso se convirtió en una sucesión rítmica sin concesiones de estruendos apabullantes. Poderío y precisión no entraron en contradicción, produciendo un impacto casi físico, pero obviando los dobles sentidos macabros que laten en este movimiento.
Afortunadamente, con el Adagio llegó la redención. Tras una velada y media en la que el show había prevalecido sobre la profundidad artística, en este movimiento lento apareció por fin el arte en mayúsculas. Y lo hizo a través de ese nervio que, a media voz, nos arrastra por la narrativa de la despedida. Los metales brillaron espléndidos en cada intervención, con ese tema que se abre con tintes de gloria, y los vientos ofrecieron paisajes complejos, donde se mezclaron la caricia y el lamento. Los violines, por fin, pudieron desplegar su potencial para la delicadeza, sin tener que verse subyugados al poder de las cuerdas graves. Un movimiento que, en sí mismo, funcionó como una invitación a la sensibilidad espiritual y, por contraste con las montañas rusas previas, como un reencuentro con una metafísica profunda, tan necesaria en Bruckner (y, por supuesto, también en Mahler).
Como admirador de este director —que tantas alegrías sensoriales e intelectuales me ha dado en sus interpretaciones del Barroco y del Clasicismo—, esta lectura del doblete postromántico me deja con cierta decepción. La constante búsqueda del efecto, la sensación de clímax continuo, aplanan e ignoran la rica arquitectura de las obras. Por mucho que queramos actualizar las interpretaciones, deberíamos saber bien que las loudness wars no tienen cabida en la clásica. Las ideas originales, la calidad técnica y el valor para romper moldes están ahí, capaces de producir interpretaciones a la altura de las expectativas, si tan solo se les hubiera añadido también el sabio valor de la contención y la medida.