© G. Schied
En primer plano
Múnich, 27 de marzo de 2025. Bayerische Staatsoper. Janácek: Katia Kabanová. Milan Siljanov (Dikoj), Pavel Cernoch (Boris), Violeta Urmana (Kabanicha), John Daszak (Tichon), Corinne Winters (Káta), James Ley (Kudrjás), Ena Pongrac (Varvara), Thomas Mole (Kuligin), Ekaterina Buachidze (Glasa), Elene Gvritishvili (Feklusa). Coro y Orquesta de la Bayerische Staatsoper. Marc Albrecht, dirección musical. Krzystof Warlikowski, dirección de escena.
El año 1916 supuso un giro inesperado y trascendental en la carrera de Leos Janácek, hasta aquel momento un oscuro compositor checo cuyas obras tenían un alcance local. Fue cuando se representó por primera vez en Praga su ópera Jenufa, escrita entre 1896 y 1903 y estrenada en Brno en 1904 con éxito, pero escasa repercusión. La reposición en la capital checa abrió las puertas -en gran parte gracias al apoyo de Max Brod, editor también de la obra de Franz Kafka- a la difusión internacional de un compositor ya sexagenario y, como señaló Santiago Martín Bermúdez en su imprescindible ensayo “El siglo de Jenufa. Las óperas que cambiaron todo”, marcó un punto de inflexión en el devenir operístico del siglo XX. En Jenufa, entre otras muchas cosas, Janácek retrata un poderoso personaje femenino víctima de un contexto social sofocantemente opresivo y lo hace con un realismo por momentos aterrador.
Cinco años más tarde, en 1921, retomó esa temática con Katia Kabanová, pero en un momento vital y artístico distinto. En el ápice de su creatividad y dominador de todos los recursos expresivos y musicales, optó por prescindir del componente brutal y folletinesco de Jenufa para poner el foco, con mirada microscópica, en los procesos de la evolución psicológica de Katia, víctima de nuevo de una vida sin esperanza a causa de un entorno claustrofóbico y un marido distante dominado por otra figura materna devastadora. Ante esta situación, Katia se revelará dejándose llevar, de manera un tanto inconsciente por desesperada, por una pasión más sexual que romántica que la llevará finalmente al suicidio. Lo interesante y moderno del tratamiento de esta trama simple y condensada es que Janácek va más allá del realismo para tender hacia la abstracción y situarnos en la mente de Katia, absoluta protagonista de la obra, para compartir y penetrar en su deseo, sentimiento de culpa y dolor. Así, el tercer acto se convierte prácticamente en un monólogo interior de una densidad y riqueza extraordinarios.
Krzystof Warlikowski ha entendido perfectamente el centro neurálgico de la ópera de Janácek y no ha dudado en mostrar en primer plano la tragedia del personaje central. De manera radical y literal, pues su propuesta escénica introduce una cámara que sigue permanentemente a Katia en ese viaje interior y, en los momentos culminantes, los primerísimos planos de su rostro se proyectan en gran formato en el fondo del escenario. Ese recurso visual, realizado con auténtico virtuosismo y de enorme fuerza dramática, solo es sostenible si se cuenta con una gran actriz-cantante capaz de asimilar con la misma brillantez la dinámica teatral y la cinematográfica. Corinne Winters lo logra haciendo una auténtica exhibición interpretativa, un tour de force extraordinario en el que la fragilidad y desesperación del personaje quedan expuestos en todo momento de manera conmovedora. Una actuación memorable en el plano escénico, sin duda por encima de la prestación vocal que, aunque notable en intención y fraseo, por momentos adoleció de mayor proyección, volumen y densidad tímbrica.
La producción de Warlikowski, inteligente, efectiva y poética, traslada la acción a la actualidad de una ciudad de provincias. Toda la acción se sitúa en una especie de local social multiusos que tanto puede servir como sala de baile, karaoke o bar del pueblo por el cual transita esa comunidad cerrada que el director disecciona con sutileza, poniendo el acento en el conflicto generacional. Los jóvenes Varvara y Kudrjás, encarnados de manera efectiva por la soprano Ena Pongrac y el tenor James Ley, pasean por ese espacio su amor despreocupado, que contrasta con el de Katia y Boris, pero también furtivo y alejado de la mirada castigadora de los mayores. Luego, a través de módulos móviles integrados de manera orgánica, Warlikowski construye espacios concretos y opresivos, especialmente el comedor de la casa que habitan Katia, su marido Tichon (excelentemente interpretado por John Daszak) y la madre de este, símbolo de la implacable e insoportable autoridad represiva que la mítica y veterana Violeta Urmana recreó con gran presencia escénica y una voz que, sin ser obviamente la de antaño, se adaptó bien a las exigencias del papel.
Otro de los grandes aciertos de la propuesta dramatúrgica fue, sin duda, el tratamiento del personaje de Boris, el amante de Katia, cantado con elegancia, pero escasa proyección por Pavel Cernoch. Desde su primera aparición es retratado como un tipo superficial y endeble, un hombre sin atributos, lo cual acentúa lo desesperado de la irracional atracción que Katia siente por él. Warlikowski reduce su noche de pasión a un polvo en un sórdido lavabo de bar. Pero, a partir de ese momento, una máscara inexpresiva e inquietante cubrirá el rostro de Boris, convirtiéndolo en símbolo y metáfora de la muerte inevitable de la protagonista.
Con este planteamiento, culminado con una extraordinaria escena final basada en una proyección a toda pantalla de una belleza y lirismo estremecedor, Warlikowski se erigió en el gran protagonista del espectáculo, firmando una de sus más inspiradas producciones de los últimos años. Lástima que la parte musical no rayase al mismo nivel de excelencia. La orquesta de la Staatsoper ofrece siempre altos estándares de calidad, y lo volvió a demostrar por momentos en esta función, pero a la dirección de Marc Albrecht le faltó un punto de sutileza y lirismo. El juego de dinámicas, en una partitura que lo pide a gritos, fue demasiado corto, moviéndose en general entre el mezzo forte y el fortissimo, y tímbricamente se echó en falta mayor transparencia. Todo ello provocó un cierto desequilibrio sonoro entre foso y escenario que en ningún caso favoreció la labor de los cantantes y limitó el impacto de una fascinante producción.
Fotos: © Geoffroy Schied