© Geoffroy Schied
Recambios de lujo
Múnich, 28 de marzo de 2025. Bayerische Staatsoper. Wagner: Der fliegende Höllander. Franz-Joseph Selig (Daland), Camilla Nylund (Senta), Benjamin Bruns (Erik), Natalie Lewis (Mary), Tansel Akzeybek (Der Steuermann), Nicholas Brownlee (Der Höllander). Coro y Orquesta de la Bayerische Staatsoper. Patrick Lange, dirección musical. Peter Konwitschny, dirección de escena.
Cuando la Bayerische Staatsoper anunció la reposición de la famosa y en su momento controvertida producción de Der fliegende Höllander creada por Peter Konwitschny y estrenada en 2006, el reparto previsto inicialmente contaba con la presencia de Gerald Finley como cabeza de cartel en un rol que ha incorporado recientemente a su repertorio y que ha grabado junto a Lise Davidsen para DECCA. En estas funciones su Senta debía ser la soprano Asmik Grigorian, omnipresente tanto en Múnich como en el Festival de Salzburgo, y la dirección orquestal iba a cargo de Mikko Franck, asiduo colaborador de la cantante. Pero todo ello se fue al garete y el teatro fue anunciando cambios progresivamente.
Primero cayó el bajo-barítono canadiense por un problema de salud que ha paralizado una agenda que, entre otras cosas, incluía un recital en el Gran Teatre del Liceu. Poco después se anunciaron también las bajas de la soprano y el director musical por motivos que desconozco. En principio parecía un panorama desolador teniendo en cuenta la expectación creada, pero la dirección de la Staatsoper consiguió revertir la situación incorporando al cast a Camilla Nylund y, por encima de todo, a Nicholas Brownlee para encarnar a Senta y Der Höllander respectivamente. Dos cantantes excelentes, quizás con menor brillo mediático, pero seguramente más adecuados para protagonizar la primera obra maestra de Richard Wagner. No cabe duda que sus prestaciones durante la velada confirmaron ese presentimiento.
El bajo-barítono americano es, sin duda, una de las sensaciones operísticas de los últimos años y su trayectoria ascendente, si no hay accidentes, apunta a situarlo en el Olimpo lírico, especialmente en el wagneriano, tan necesitado de figuras emblemáticas actualmente. En el Palau de les Arts de Valencia, hace apenas un mes, ya arrasó interpretando al holandés errante y en Múnich lo ha vuelto a hacer sin apenas ensayos en una producción de singulares características. Lo primero que impacta del cantante es la claridad solar del timbre, la impecable mecánica técnica, la naturalidad de emisión y la imponente proyección de la voz. El color es más baritonal que de bajo, pero cuando desciende al registro grave no pierde calidad ni volumen, mientras que el centro es pulposo y el agudo penetrante. A todo eso hay que añadir una articulación nítida, fraseo elegante y talento interpretativo.
En fin, un dechado de virtudes que ya mostró en el célebre monólogo inicial, de gran calado vocal y dramático. El encuentro con Daland puso de manifiesto su capacidad para aligerar la voz mientras que el dúo con Senta fue interpretado con línea de la mejor escuela belcantista. Sin embargo, lo mejor estaba aún por llegar. En el monólogo final, Brownlee desplegó todo su arsenal armamentístico. Transmitió la desesperación del personaje con acentos punzantes y fervoroso fraseo con una voz que volaba, llenando y enseñoreándose de la sala con absoluta autoridad. No cabe duda de que, el suyo, es un holandés de los que marcan época, pese a no poseer las resonancias tímbricas cavernosas – tipo Hotter- a menudo asociadas al papel.
Camilla Nylund ya hace unos años que está transitando de soprano lírica a dramática, como demuestran sus debuts en Zúrich en 2023 de Brunilda e Isolda, papel este último que cantó también en el Festival de Bayreuth. Es un paso siempre arriesgado, peligroso y el tiempo dirá si acertado, pero en este Der fliegende Höllander exhibió un instrumento sano, atractivo y controlado. Como en el caso de Brownlee, carece del color oscuro y peso dramático de ilustres predecesoras, pero se mostró sólida en todo momento, combinando contundencia vocal y sutileza en los matices y dinámicas de la célebre Balada. La compenetración con Brownlee en el dúo fue destacable, logrando ambos momentos realmente emotivos, y su escena final fue de muchos quilates en lo expresivo.
Franz-Joseph Selig, pese a la veteranía, firmó un notable Daland. Cierto que la voz ha perdido harmónicos con el paso del tiempo, pero se impuso el gran cantante que siempre ha sido, dominando el papel de cabo a rabo con autoridad tanto en lo vocal como en lo escénico. Convincente el Erik de Benjamin Bruns, bien cantado pese a un timbre no especialmente atractivo e impecable el resto del cast.
Patrick Lange asumió la dirección musical y lo hizo con la eficiencia, hoy en día en extinción, de los Kapellmeister del pasado. Desde el primer momento, la excelente Orquesta de la Staatsoper sonó brillante, tocó con brío y sentido del drama, llevando en volandas a los cantantes e impulsando en todo momento la representación. Menos inspirado, sorprendentemente, se mostró el Coro. Su reconocida calidad se pudo comprobar en la calidad tímbrica y el empaste del conjunto, pero en su compleja escena final pareció un tanto descuidado y tuvo serios problemas de concertación con el foso.
La producción de Peter Konwitschny es ya un clásico y ha sido comentada y analizada numerosas veces. Aun así, cabe destacar que su sorprendente originalidad a la hora de representar la colisión de dos mundos, el de la ficción y la realidad, se mantiene vigente como el primer día. Su mirada desmitificadora, irónica e incluso humorística en algunos casos, perfectamente plasmada en el diseño escenográfico, caracterización de personajes y dinámica teatral tienen el sello inconfundible de un grande del teatro y de la ópera.
Fotos: © Geoffroy Schied