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El descubrimiento de una voz wagneriana

Valencia. 02/03/2025. Palau de Les Arts. Wagner. Der Fliegende Holländer (El Holandés errante). Nicholas Brownlee (Holandés), Elizabeth Strid (Senta), Franz-Josef Selig (Daland), Stanislas de Barbeyrac (Erik). Coro de la Comunidad de Madrid. Orquesta y Coro de la Generalitat Valenciana . Dir. escena:Willy Decker. Dir. musical:James Gaffigan. 

No ocurre muchas veces, pero cuando pasa, es un gran placer para un aficionado. No conoces a un cantante; has oído hablar muy bien de él pero siempre te queda la duda de si serán realmente tan justos esos comentarios; y de pronto, en la primera frase de su intervención, te das cuenta que estás ante un voz excepcional, de esas que no abundan y que hacen que escucharlas sea un privilegio. Eso es lo que sentí ayer domingo en el estreno de Der fliegende Holländer (El holandés errante) en el Palau Les Arts de Valencia al empezar su primera intervención Nicholas Brownlee con su primer y extraordinario monólogo en el rol principal.

El bajo-barítono norteamericano posee una voz ideal para estos papeles wagnerianos. Su instrumento tiene potencia y se proyecta con una facilidad pasmosa, luce timbre homogéneo y bello y, sobre todo siente a Wagner, siente lo que significan las inflexiones en su música, en su escritura vocal, en el alma del personaje. Y completando todo, es un excelente actor. Todo el público presente (estaba lleno Les Arts) salió entusiasmado de esa voz, de esa interpretación, de ese Holandés que no será fácil olvidar, afortunadamente. Como decía, el primer monólogo, en el que el marinero expone su maldición y el periplo por el mundo ya estuvo magnífico pero en todas sus intervenciones consiguió encandilar a los oyentes que estaban prácticamente solo pendientes de su voz. Espectacular. 

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No era en absoluto menor el resto del reparto que había preparado la dirección artística del teatro valenciano para este Holandés, título que vez se representaba por primera vez en este escenario de tan ilustre pasado wagneriano.

La Senta de Elisabet Strid estuvo a buen nivel aunque pareció en algunos momentos que en el tercio más agudo estaba algo incómoda. Pero resolvió muy bien su balada y estuvo muy solvente en los dúos con Erik y el Holandés.

Franz-Josef Selig es un bajo bregado en múltiples papeles wagnerianos, siempre con gran presencia y elegancia. Aunque los años pasan y la voz quizá no está tan fresca, tiene aún potencia y su Doland fue de mucha categoría.

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Gran noche de Stanislas de Barbeyrac como Erik, el cazador iracundo pretendiente de Senta. Excelente actor,su escena con Senta fue de gran intensidad dramática y en ella demostró ser un tenor con gran técnica ante un papel que aunque no es muy largo tampoco es nada fácil.

Fenomenal, como nos tiene acostumbrados, Moises Marín, como el timonel y cumplidora la Mary de Eva Kroon. Fabuloso el Coro de la Generalitat Valenciana, especialmente la sección masculina, reforzada en esta ocasión por el Coro de la Comunidad de Madrid. El Holandés es una ópera aún con mucha ligazón con la tradición operística europea y los coros son fundamentales en el desarrollo musical de la obra. No defraudaron y consiguieron momentos verdaderamente grandiosos como la famosa disputa entre los dos grupos de marineros. 

James Gaffigan, saliente ya director titular del teatro, optó por una versión musical en la que dominó el romanticismo y la espectacularidad. El primero, plasmado en los aires líricos que sazonan la obra y que fueron llevados con elegancia, y la segunda elevando un poco los decibelios en los momentos más vibrantes de la partitura, algo que abunda en esta ópera. Realmente sonaban con gran vistosidad pero a veces el volumen quitaba efectividad a la totalidad de la obra. Aún así el público agradeció su esfuerzo y sobre todo, el de la Orquesta de la Comunidad de Valencia, que una vez más, demostró su poderío y la profesionalidad de sus músicos.

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La puesta en escena, una coproducción entre la Ópera nacional de Francia y el Teatro Regio de Turín, la firmaba Willy Decker (repuesta en Valencia bajo la dirección de Stefan Heinrichs) y podríamos definirla como simbólica y resolutiva a la vez.

Basada escenográficamente en una gran habitación que cubre todo el escenario, con una enorme puerta en el lado derecho y un gran vano que se abre a otra sala más pequeña donde la única decoración es un enorme cuadro de un mar enfurecido (donde a veces se proyecta el buque fantasma del protagonista)  y en muy pocos motivos de atrezzo (unas sillas, mesas, unas grandes maromas para la primera escena, para situarnos en la playa donde encalla el barco de Daland, un arcón, el famoso cuadro con el cuadro de el Holandés) su dramaturgia se basa fundamentalmente en una estupenda dirección de actores, pues a los cantantes y al coro se les pide una activa participación en la acción y ellos responden, en este caso de una manera muy profesional.

Una producción que no incomoda, que nos da pinceladas de una historia que generalmente conoce todo el mundo, y a la que también apoya una estupenda iluminación de Wolfgang Gussmann (responsable también de la escenografía y el vestuario, centrado en la época de la composición de la obra).

Salimos contentos de esta representación. Todo funcionómuy bien y personalmente disfruté al descubrir una voz tan “importante” en un repertorio tan exigente.