© May Zircus
Entre mares musicales
Barcelona. 28/03/25. L’Auditori. Festival Ciutat de Clàssica. Obras de Granados, Feliu Gasull, Juli Garreta, Debussy. Orquestra Simfònica de Barcelona. Sílvia Pérez Cruz, voz. Enric Cassanes, narrador (poeta). Ludocic Morlot, director.
Lleno hasta la bandera atardeció L’Auditori el último viernes de marzo, en el que tuvo lugar un concierto verdaderamente especial, que contó con un hilo conductor indudablemente acertado. Por un lado, abrieron la velada las Tres danzas españolas del maestro Enric Granados –orquestadas por Joan Lamote de Grignon en 1933–, seguido por el estreno de Domini Màgic, y luego por Les Illes Medes de Juli Garreta (1923); un río de propuestas variadas ciertamente afines en lo temático y también en lo extramusical, con el Ampurdán en el trasfondo, que finalmente desembocó en La mer de Claude Debussy.
Pasando por el Palau de la Música Catalana, el Teatro de la Zarzuela, entre muchos otros, hemos visto a Sílvia Pérez Cruz llenar auditorios de todo el mundo con canciones propias y arreglos, lo que no evita que su visita a L’Auditori, en el contexto de un estreno sinfónico de música contemporánea, no haya sido acogida como una de las sorpresas de la temporada OBC y del Festival Ciutat de Clàssica. Siempre a caballo entre el jazz, el flamenco y el folklore latino, y con su veintena de discos a su espalada, además de unos cuantos premios en su vitrina –entre ellos un Goya–, Pérez Cruz interpretó en dos días consecutivos el estreno del compositor Feliu Gasull, Domini Màgic. Como ocurrió con Tonades (2013), compositor y cantante han vuelto a coincidir en un proyecto para voz y orquesta, esta vez, encargado por L’Auditori, basado en cuatro poemas narrados por Enric Casasses.
En una época en que las fusiones artísticas son cada vez más habituales, esta nueva incursión de Pérez Cruz en terreno sinfónico, ha cuajado con puntería, y quizá hubiera resultado inadecuada, de hecho, para una voz lírica, especialmente debido a la idiomática y la temática del texto, pudiendo notarse que la línea vocal había sido compuesta expresamente ella. Sin embargo, no olvidemos que el cantar con micrófono conlleva implícitamente la indefectible vulnerabilidad de no poder integrar adecuadamente la voz en la masa orquestal, algo que, en conjunto, más o menos se evitó, y es que pesar de un balance aceptable, dio la sensación de que el “fader” de la cantante estaba algo “subido”, lo cual en ningún caso perjudicó, estrictamente hablando, a la cantante invitada.
En cualquier caso, bajo la batuta de Morlot, la imaginativa partitura de Gasull pareció desenvolverse con asombrosa soltura a lo largo de las numerosas y variadas secciones de estos cuatro movimientos. En Quan tot fa muntanya, un colorido despliegue de intervenciones pareció simular el jugueteo de un niño con la orquesta –en el buen sentido–; un exuberante abanico de ideas rico en percusiones afinadas y texturas verticales que acompañó a Pérez Cruz recorriendo el breve texto, un aforismo escrito por el mismo Enric Casasses. Gjorgi Dimchevsky, concertino invitado, ponía notas a la inspiración, “cuando todo hace montaña” antes de cerrar el movimiento. En La Figuera n’és molt alta Gasull propone un viaje evocador, en la línea de un equilibrio armónico que siempre evita las disonancias forzadas y artificiales, incluso goteada con sonoridades expresionistas, que conjugaron bien con el tono cálido y grave de la cantante, especialmente inspirada poniendo voz a los versos de este poema tradicional.
Petiteta, el tercer movimiento, la catalana pudo lucir su personal vibrato, ágil y ligero, y el discurso musical discurrió a través de figuraciones muy interesantes. El último movimiento Domini màgic y claramente, el principal –texto de Jordi Vinyolí–, destacó por sus texturas fluidas y estáticas, repleta de elementos flotantes, bien coloreada con percusiones agudas y destellos de arpa, y también con frases de flauta y oboe. Resultó ser quizá, el más descriptivo de los cuatro, y Pérez Cruz recorrió los altibajos de la difícil melodía, que alternaba pasajes orquestales con vocales, antes de despedirse del “reino sublunar” con un efecto aerófono conjunto, ciertamente peculiar, volteando en el aire unos tubos flexibles por parte de algunos miembros de la orquesta. La invitada hizo estallar el auditorio con un bis de Vestida de nit, emotiva habanera acompañada por un quinteto de cuerda, formado por los cabezas de cada sección.
Antes, Morlot pasó por las famosas Tres danzas españolas –las más célebres de las Doce–, en una lectura en la que el director enfatizó las repeticiones y los detalles orquestales, destacando de las tres, las maravillosas Oriental y Rondalla. Luego el maestro puso rumbo al noroeste catalán para visitar las Illes Medes, del compositor Juli Garreta, que llevó a buen puerto sin demasiado esfuerzo, y prosiguió con Debussy. Como experto en impresionismo francés, Morlot supo extraer los matices de La mer, virando el timón para obtener lo mejor de cada sección, especialmente, de los chelos durante el primer acto, manteniendo a la tripulación bien atenta a los cambios de tempo. El maestro transitó exitosamente de la languidez a lo monumental, agitando el oleaje con sabiduría, y culminó la tercera parte con un entusiasmo enérgico, cerrando una velada inolvidable para un público más amplio del habitual.
Fotos: © May Zircus